Desde que en 1989 el entonces ayatolá de Irán, Ruhollah Jomeini, emitió la fatua contra Salman Rushdie por haber osado escribir y publicar un año antes su novela Los versos satánicos, esta ha sido la vez en la que más cerca ha estado el islamismo radical de lograr su objetivo de asesinar al novelista británico de origen indio. Desde entonces y hasta el día de hoy, como reacción a la publicación de la obra, decenas de personas han sido asesinadas en diferentes protestas, manifestaciones y atentados en distintas partes del mundo. El propio escritor, que lleva viviendo tres décadas escoltado, ha sobrevivido a varios ataques desde que la santa inquisición islámica lo condenó a muerte. Afortunadamente sigue vivo.

Aunque algunos medios de comunicación afirmaron tras el atentado que se desconocen los motivos del ataque, estos son de sobra conocidos: el rechazo a la libertad y a los derechos humanos por parte del islamismo radical y fanático que pretende suprimir el pensamiento libre, la libertad de expresión y la libertad de conciencia. Se sobreentiende que fuera de sus dominios, porque donde gobierna ya no hay nada que suprimir y no existe espacio para semejantes lujos: en las sociedades donde se ha hecho con el poder todo es oscuridad y penumbra, especialmente para las mujeres y las niñas, a las que se las persigue y se las condena a vivir sometidas, aunque los occidentales hagamos como que no lo sabemos y, en algunos casos, asistamos a sus eventos deportivos o los recibamos con honores. Allá donde gobiernan (Irán, Afganistán, Irak, Yemen, Arabia Saudí o Siria, entre otros), las vulneraciones de los derechos humanos son continuas, aunque no todos los días tengamos noticias de ellas.

Es la intolerancia fanática y religiosa que gobierna con mano de hierro en distintas partes del mundo y nos amenaza al resto que afortunadamente vivimos en democracia. Y pretende destruir nuestros marcos de convivencia y retrotraernos a siglos pasados; muchas veces desde dentro, porque ya vive entre nosotros. Es el islamismo radical y extremo, que nos pretende a todos esclavos de sus paranoias, especialmente a los propios musulmanes moderados, víctimas habituales de los integristas. Solo nos acordamos del fanatismo religioso cuando se produce un gran atentado en Occidente, pero la amenaza es continua.

Hay poderes políticos que pretenden mantenerse equidistantes entre el agresor y la víctima, por ignorancia, vileza, cobardía u oportunismo político. Sí pero no. No pero sí. Esto no pero tampoco aquello. Y a la progresía y a ciertos intelectuales les cuesta ver el problema al que nos enfrentamos… o prefieren no verlo. O no lo condenan con la suficiente firmeza. Prefieren no ofenderlos, no vayan a enfadarse. No vayan a ser acusados de racistas. Quizás sea porque piensen que las minorías siempre tienen razón o porque consideren que todas las ideas son respetables. Pero ni una cosa ni la otra: hay veces en que la pluralidad debe recortarse para garantizar el pluralismo y no todas las ideas son respetables. Y las ideas que defienden la obligatoriedad de seguir los postulados de una religión y persiguen a una parte de la población por ello no lo son en absoluto.

¿Cómo vamos a mantener relaciones normales con quienes tienen sometidas a las mujeres y a las niñas? ¿Cómo vamos a respetar la idea de lapidar a adúlteras y a homosexuales? No hay alianza posible entre el islamismo extremo y la democracia. O una cosa o la otra. No hay punto intermedio posible. Y afirmar tal cosa no es xenofobia sino justo lo contrario: defender la convivencia democrática entre personas que piensan y actúan distinto pero cumplen la ley común y, de ese modo, pueden vivir juntas. Otra cosa es el islamismo moderado, respetuoso con los derechos individuales y la democracia.

Frente a la amenaza del fanatismo religioso hay que volver a reivindicar el laicismo: las creencias religiosas son cosa de cada uno y pertenecen al ámbito privado, de modo que cada cual pueda creer en lo que libremente quiera o no creer en nada en absoluto. Cada cual puede expresar la fe que considere y del modo que quiera pero no imponerla al resto, y mucho menos asesinar a nadie para hacerla mayoritaria. Y el Estado debe hacer cumplir la ley escrupulosamente, sin excepciones particulares ni complejos o miedos. Y en el exterior, tratar de ayudar a los perseguidos por los fanáticos, como esas valientes mujeres afganas que estos días han salido a la calle a enfrentarse a sus verdugos. Y, de manera inteligente, hacer posible que en esos países la democracia se abra camino.

El escritor debería ser el observador, no lo observado; la persona que habla o escribe, no la persona de la que se habla o se escribe. Pero hoy nos fijamos en el escritor no tanto para observar su obra (que también) sino para defender la libertad de expresión que hace posible aquella. Y con ello, todo aquello que nos costó siglos lograr y que hoy está amenazado: nuestro derecho al humor, a la burla, a la ironía, al sarcasmo o a la sátira del tipo que sea frente a la imposición, la corrección política o el miedo.

(Publicado en Vozpópuli el 16 de agosto de 2022)