Hoy es día 2 de enero y los prohibicionistas han ganado esta batalla… y, lo confieso, seguramente la guerra. Desde hoy está prohibido fumar en todos los lugares públicos cerrados (para no perjudicar la salud pública), parques infantiles (para no dar mal ejemplo a nuestra juventud), puertas de hospitales (para no entorpecer la entrada a los enfermos) y lugares cercanos a centros de enseñanza (para que los malos humos no les impidan a los alumnos adquirir conocimientos científicos y buen comportamiento cívico). Enhorabuena. Se trata, como me explicó en su momento un talibán, de desnormalizar el consumo de tabaco. Quien quiera echar una calada… a la calle. Ya lo escribió algún intelectual, de esos a los que nunca hacemos caso: en la beligerancia que nuestra época ha desatado contra el tabaco subyace una consideración idolátrica de la salud. De la salud física, claro, al objeto de vivir cuantos más años, mejor, y batir todos los récords olímpicos de longevidad y aburrimiento. Nunca osé imaginarme a un servidor invitando a quien fuma a mi lado salir por la puerta más cercana junto con su humeante puro. Prefiero y preferiré su compañía y la tolerancia, en lugar de prescribir recetas, alienar a las masas y exigir buen comportamiento. Ya lo escribió el maestro Savater: el último comité de salud pública del que he oído hablar se dedicaba a guillotinar a la gente. Ahora este comité es algo más moderado… de momento, pero se llama Gobierno y seguramente una mayoría social. Una mayoría social mayoritariamente estática ante el paro y los problemas de la sociedad pero escrupulosamente vigilante en otros temas menores y mucho más particulares: prohíbo aquello que supuestamente me perjudica. Y se impide habilitar espacios donde se permita fumar, y se impide que cada dueño elija qué tipo de bar o de restaurante prefiere regentar, y se prohíben los espacios para fumadores en los aeropuertos… mientras el Estado sigue lucrándose con los impuestos y mantiene una actitud tan yanki como hipócrita. Me pregunto lo que se preguntaba Savater (y me respondo lo que él se respondía): «¿por qué los fumadores no pueden disfrutar de un espacio público donde puedan fumar sin que les molesten quejas ni persecuciones? Y dicen de los integristas… como si fuera más excusable coaccionar al prójimo por la salud de su cuerpo que por la de su alma». Es lo que Javier Marías denominó «el gubernamental desprecio por la libertad». Sin embargo, casi me congratulo de la situación en la que nos encontramos: porque todo irá a peor. Nuestra esperanza de vida sirve tanto para que nos obliguen a cotizar durante más años… como para que nos obliguen a cuidar nuestra salud. En aliviar y hacer grato el tiempo y estimular la creatividad, en esto consiste la verdadera salud… aunque también se tosa de vez en cuando.

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