Releyendo el borrador de la indispensable reformulación del Plan Vasco de Educación para la Paz y los Derechos Humanos en el que los distintos grupos parlamentarios estamos trabajando, encuentro la siguiente afirmación: que el profesor permanezca neutral ante cualquier apoyo al terrorismo, o ante cualquier justificación o comprensión, es una claudicación moral. A la vez, leo las reflexiones de Ezker Batua sobre el asunto concreto: «salvo raras excepciones, el profesorado vasco siempre ha estado comprometido». Y antes de echarme a temblar, repaso mentalmente mi trayectoria estudiantil: la Educación General Básica entre franquistoides y energúmenos profesores de dibujos animados, el BUP y el COU en los jesuítas de San Sebastián, donde debían de ser mudos en cuanto a lo que significaba el asesinato perfectamente discriminado, la Formación Profesional en territorio comanche (o sea, la inmensa mayoría, callada), donde nos lanzábamos a la calle… cada vez que el Rey se personaba por Euskadi y … la universidad (la UPV y la UNED). De esta última prefiero no hablar, que tengo que volver. Y en cuanto a la Universidad Pública del País Vasco, uno. Un profesor al que veo caminar en su delgada figura por mi barrio actual. Uno. Sólo uno. Únicamente uno, una vez. Creo que no yerro si digo que fue el mismo día en que los terroristas rompían la tregua fraguada en Lizarra asesinando al teniente coronel del ejército de Tierra, Pedro Antonio Blanco García, el 21 de enero de 2000, con un coche bomba en Madrid. El profesor tomó asiento serio y en silencio. Y habló: «Es complicado dar la clase en estas circunstancias. Siento verdadero asco por lo que ha ocurrido». Ahora, cuando lo veo caminar por mi barrio, lo miro con devoción.

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