LA MARCHA DE LOS QUE SE QUIEREN MARCHAR.

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Que no se les ablande a ustedes el corazón. La marcha de anteayer día 2 de enero en Bilbao no ha sido una marcha en defensa de los derechos humanos de una serie de presos que lo estén pasando francamente mal, con sus condiciones carcelarias rozando lo infrahumano, sin abogados ni garantías judiciales ni derecho a calefacción. La marcha (nunca mejor dicho, la marcha humana de los que se marchan o se quieren marchar) no aboga por la defensa de los toxicómanos vascos presos alejados mil kilómetros de su lugar de origen, ni por aquellos presos no relacionados con su nacionalismo, ni por quienes lo están pasando objetivamente peor, sin visitas familiares y apoyo de ningún tipo. No fue una marcha para defender ninguna garantía que pudiera estar en peligro, sino más bien para hacer piña, convertir a los delincuentes comunes en problema político y volverse a ver los que quieren irremediablemente caminar juntos. No fue la clásica marcha de aquellos preocupados por quienes menos tienen, más padecen, más solos se encuentran o más cerca tienen la muerte. Sino la marcha de los de la secta, la cosa, la entente, el dogma y el polo que no se terminará de enfriar ni aunque padezcamos otros mil muertos. Ésta es el tipo de marcha que fue. Si no hubiera un solo preso etarra ni banda terrorista ni batasuna ilegal, las calles se habrían mantenido vacías como un sábado normal. Bien pudiera haber tantos presos en las cárceles como en la actualidad o incluso muchos más y en mucha peor situación: si ninguno de ellos fuera etarra, les importarían un bledo.