YO TAMBIÉN SOY CRÍTICO (PERO LEAL).

Desde la propia constitución del actual partido político que disfrutamos, hemos venido escuchando y leyendo determinadas quejas que claman contra la presunta falta de democracia interna. Únicamente nos ha faltado escuchar que a la famosa y afortunada cena celebrada en el restaurante chino de Donosti, donde seis ilusos se dijeron mutuamente sí y «adelante, mis muchachos», no habíamos sido convocados todos y, por tanto… debía repetirse o incluso teatralizarse en sede congresual, traducción simultánea incluida y a la vista de todos. Me los imagino: alguno de los presentes en la reunión-cena cuasi-fundacional, encantado, siempre que el menú fuera exactamente el mismo y hubiera buen vino tinto. Estas habladurías han sido evidentemente falsas (los afiliados podemos participar muy fácilmente de distintas maneras, como todos sabemos), y la única barrera a la democracia interna en UPyD han sido determinados sumos sacerdotes que quisieron construir su propio reino de Taifas en el terreno geográfico del que pretendieron hacerse amos, a mayor gloria del… ego propio. La dirección, afortunadamente, no se lo ha permitido nunca. El propio Mikel Buesa, hace meses, cuando pertenecía aún a la dirección del partido y compartía solidariamente lo que se venía haciendo, quiso salir al paso de manera tan rotunda como acostumbra: «son unos freaks», respondía a la pregunta de un periodista sobre qué opinión tenía de los afiliados que alzaban su voz contra la presunta falta de democracia interna. No sé si convocó una asamblea planetaria con los afiliados upeydianos antes de expresarse en tales términos, pero a mí no se me ocurrió criticarle públicamente y asumí lealmente su evidente liderazgo.

La argumentación facilona de estas personas (no incluyo a los afiliados bienintencionados, justo es reconocerlo, pues son además abrumadora mayoría) es que ellos, a diferencia del resto, no comulgan con ruedas de molino, no se dejan dominar y no han venido a hacer la rosca a nadie. Los demás, a quienes nos parece impoluta y sobre todo muy meritoria y digna del máximo respeto la dedicación de quienes tanto han trabajado desde los inicios, a quienes nos parece que errores los hemos cometido todos y que por todos deben ser corregidos, a quienes decidimos trabajar en lo que está en nuestras manos y quedarnos dentro, a quienes tanto pegamos carteles como participamos en repartos varios para que las campañas electorales puedan haber sido lo más dignas posibles (en lugar de criticar luego), a quienes buscamos la integración en lugar de fomentar el hartazgo en distinto foros y blogs varios, propagando bulos y vacuas orgías léxicas, a quienes comprendemos que el proyecto merece la pena y sobran la demagogia, el infantilismo y la propensión a la exageración injusta, … los demás digo somos, según ellos, ciudadanos sin discurso crítico, sin capacidad de análisis y sin personalidad de ningún tipo. Nos dejamos llevar por lo que la dirección nos ordena.

Sin embargo, somos nosotros quienes practicamos la verdadera crítica constructiva, ésa que se escribe con mayúsculas y es germen de proyectos perdurables en el tiempo. Y así es que intercambiamos opiniones con quienes no piensan exactamente lo mismo a la búsqueda de un punto de encuentro, manteniéndonos presentes en reuniones extensísimas y salvaguardando siempre nuestros principios fundacionales. No se nos ocurre decir a nadie que no ha hecho lo suficiente cuando a nosotros ni siquiera se nos ocurrió, no ya tomar partido sino incluso asistir como público. Valoramos todas las críticas, desde las que vinieron por habernos abstenido en la votación de la presidenta del Parlamento vasco, hasta las que surgieron porque pedimos un segundo Garoña. Claro que sí. ¿Por qué no? A mí nadie me ha amenazado con echarme por decir no estoy de acuerdo con tal cosa que planteamos. O por presentar determinada enmienda sobre la materia que fuera. Ni se me ocurrió irme porque no se me dio la razón en determinado Consejo Político o quedé a cien votos sobre 120 de ganar la batalla. Nosotros somos de los que decidimos quedarnos, sabiendo que en todo grupo humano hay disensos, problemas internos y diversidad de posturas. Porque reconocemos el valor histórico de este partido político (que nadie intente crear otro si desaparece éste, pues será seguro un rotundo fracaso) y comprendemos perfectamente qué es lo importante y lo supérfluo en toda esta historia.

Nosotros, todos los que seguimos remando y algunos de los que equivocadamente han marchado (justo es reconocerlo), hemos ejercido y seguimos ejerciendo la crítica leal y comprometida, incluso sobre nosotros mismos. La que es digna de personas maduras que no hablan desde la barrera sino que se mojan hasta las pantorrillas (cada cual en su ámbito, según tiempo disponible o capacidades propias). Y seguiremos haciéndolo para que las ideas en las que creemos calen en esta sociedad vasca tan malita. Y a los que han decidido abandonar la piragua, les digo que los respeto. Pero también les pido que me expliquen qué principios reclamados desde nuestra fundación ha dejado UPyD de defender pública e incluso parlamentariamente. Y una última cosa les diré: los que nos quedamos dentro seguiremos disfrutando y ellos se lo pierden. El proyecto sigue siendo apasionante incluso un lunes a la tarde.

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