Que no. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha dicho que no. Que no es ética ni políticamente admisible la coordinación cínica del asesinato de conciudadanos inocentes con la práxis política en el Parlamento que sea. Que no es cuestión de que el Gobierno del país donde se cometen atentados terroristas se mantenga con los brazos cruzados sin activar una legislación que evidencie que existe una plan predeterminado para concatenar discurso político con ejecuciones sumarias, de mujeres y niños inclusive, siempre por la espalda y con toda la cobardía del mundo. Que no. Que no es defendible matar al oponente político, al adversario que lleva la contraria a una banda de matones, al que colabora con la justicia, al policía que sirve a la ciudadanía, al empresario que se niega a colaborar económicamente con el entramado, al periodista que informa de lo que acontece u opina líbremente de lo que observa o al que pasaba desgraciadamente por allí ese maldito día.

Tal como lo sabíamos. Que no hay razones para cuestionar el Estado de Derecho español ni su legislación aplicada con todas las garantías judiciales del mundo a todos los ciudadanos de la misma forma y manera. Que no hay razones para condenar la ley de partidos ni asemejarla con guantánamos de ningún tipo, pues es perfectamente democrática, ecuánime y proporcionada. Que todo es, como sabíamos, perfectamente lógico y normal, además de justo y estrictamente necesario, como se viene demostrando en esta batalla democrática que nos depara todavía demasiado dolor… pero que vamos ganando.

Esta sentencia es un espaldarazo definitivo a la democracia española y deja en evidencia todas las mentiras que hemos tragado. Todas las dudas, todas las críticas, todas las acusaciones lanzadas por nacionalistas y otros presuntamente bienintencionados o despistados sobre la necesidad evidente de una ley de partidos que ilegaliza comportamientos totalitarios y terroristas, pero ninguna idea democrática. Esta sentencia es un paso más de enorme valía para avanzar en la victoria de la democracia, de la voz y de la palabra… sobre las armas.

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