A Ernesto Gasco, concejal socialista en el consistorio donostiarra y diputado en Madrid, le preguntaron por mi persona el martes pasado en Teledonosti, en el habitual encuentro que suele mantener con el popular Borja Sémper. Con ese talante que le caracteriza, reconoció conocerme y haber conversado conmigo la madrugada del día de las elecciones, para añadir: es buena persona, tiene discurso y es … muy guapo. Y finalmente, la losa habitual que soporta UPyD: este país no necesita más confrontación. O sea, que están muy bien que existan los partidos nacionalistas con quienes debemos ser transversales pero no convienen más partidos que defiendan el Estado… no vaya a ser que nos hagan la competencia.
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Y es en este último punto de la «confrontación» donde, más allá de la manipulación de las palabras que padecemos, difiero de Ernesto: ésta y todas las sociedades necesitan mucha confrontación… de la democrática. Es decir, propuestas distintas que puedan plantearse en libertad, sin prejuicios ni clichés, para que la ciudadanía elija. Justo aquello de lo que carecemos. O sea, ideas políticas y alternativas diversas. ¿O es que van a proponernos ahora los socialistas vascos la paz social tan franquista? Porque, a ver: si ARALAR puede abiertamente defender un estado vasco independiente, el PNV la derogación de la ley de partidos y el PSE profundizar en el autogobierno… ¿por qué nosotros no podemos solicitar la instauración de listas abiertas y la limitación de mandatos, la independencia de la justicia o un cálculo justo del Cupo vasco? ¿Quién tiene miedo al debate político? ¿Qué pasa, que nosotros no podemos opinar, como lo hacen los demás? ¿Qué ocurre, que si decimos alto y claro que la EITB se encuentra al servicio del ideario nacionalista se nos tilda de extremistas pero cuando lo hace Patxi López resulta ser un hombre de Estado? ¿Qué pasa, que si somos nosotros los que denunciamos la quietud de la Ertzaintza lo hacemos porque pertenecemos a la extrema derecha pero si lo recuerdan los socialistas resulta que es un modo de defender nuestras propias instituciones?
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Y tengo más preguntas, ya puesto: ¿qué es más progresista y menos arcaico, proponer la derogación de los privilegios para garantizar una sociedad igualitaria o defenderlos por formar parte del sistema y ser algo «muy español», como alguno ha dicho sin recibir ninguna crítica por tamaña sandez? ¿Por qué si ser españolista es lo peor del mundo… hay tortas cuando se trata de reivindicar el vasquismo? ¿Por qué defender el modelo A ha pasado de ser incendiario cuando lo hicimos nosotros a formar parte, anteayer mismo, del discurso de López?

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Y una última: ¿qué es mejor, solicitar silencio, o garantizar y fomentar el libre debate político de ideas perfectamente respetables, respetuosas y democráticas?

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