Me ha llamado Lydia Brancas a eso de las 11 de la mañana: nuestra presencia en las elecciones vascas parece momentáneamente encontrarse en el aire, al menos mientras sigamos manteniendo sobre sus ruedas el autobús que hacemos mover por las diferentes localidades de Euskadi. Se trata de un autobus decorado para la ocasión que merece nuestra inminente presencia en el Parlamento Vasco, donde las fuerzas políticas elegidas democráticamente dialogan y negocian en virtud de las competencias que dicho Parlamento tiene (me gusta recordarlo). El objeto rodante no identificado ha sido avistado (o espiado, quién sabe) por elementos del Partido Popular en Bilbao, a los que ha faltado tiempo para denunciar tamaña presencia ante la Junta Electoral de Zona de Bilbao, no vaya a ser que sus menguantes escaños se acerquen peligrosamente a cero. La susodicha Junta, en virtud del artículo 71 que prohíbe la actividad publicitaria previa al inicio de la campaña electoral, nos ha dado orden de retirar el vehículo de la circulación, que además ha debido cometer la desfachatez de aparcar donde únicamente pueden hacerlo los autobuses públicos. Nosotros los upeydianos, asustadizos y faltos de experiencia, hemos tardado en reaccionar, pero ahora, más calmados, y después de hacer memoria, hemos caido en la cuenta que día, tarde y noche, por tierra, mar y aire (oseasé, radio, calles y televisión), los partidos tradicionales nos dan la soba con sus cursis y cutres anuncios, bastante más evidentes que el autobús de marras, que apenas lleva un par de días circulando y además no pide el voto, cumpliendo de este modo la ley. Así, escuchamos anuncios a todas las horas del día: Antonio Basagoiti y su foto de cuando era niño, Patxi Lehendakari y EB (esa fuerza que ha gobernado durante 8 años), criticando a los que nos gobiernan y clamando a favor de la república (una campaña muy autonómica), por no decir nada del inmenso mantel colgado en Sabin Etxea, que casi se ve desde el otro lado de la Vía Lactea. Al principio nos hemos asustado, al menos algunos, los más primigenios. Luego, nos hemos cabreado, casi todos. Y más tarde, cuando palpamos nuevamente semejante injusticia, hemos concluido: Qué cara más dura.

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