CIUDADANÍA vs IDENTIDAD.

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He estado reflexionando acerca de un problema que existe en Euskadi desde que tengo memoria: la obsesión enfermiza de sus ciudadanos en ser más vascos que los demás… o al menos tanto como cualquier otro. Y no es algo que únicamente les ocurra a los nacionalistas, sino que se trata más bien de algo extendido como un virus por toda la sociedad. Incluso entre nosotros mismos es habitual reclamarnos muy vascos, vascos como el que más o vascos por los cuatro costados, como si este hecho fuera ya un bien en sí mismo, un corolario, como si de este modo pasáramos a formar parte automáticamente de una casta especial. O como si fuera un mérito de cada uno de nosotros. Orgullosos debemos estar del trabajo realizado, de las capacidades técnicas alcanzadas, de nuestra formación académica o de nuestro curriculum vital, así como de cualquier otro logro conseguido. Pero no de ser de este lugar o de cualquier otro, pues este hecho no dependió de nosotros, sino que fue algo aleatorio cuando ni siquiera existía nuestra voluntad. Yo mismo he venido analizando mi vasquidad, a través de mi nombre y de mis primeros ocho apellidos, tratando de atisbar rasgos que pudieran decirme algo al respecto. Sin embargo, me importa esto cada vez menos. Y finalmente descubrí un hecho científico probado: tenemos un ascendiente común, Luzy, ese australopitecus de 3 millones de años cuyos restos fueron encontrados en la actual Etiopía en 1974, justo el año que nací yo, casualidades de la vida. En fin, que mal que les pese a los nacionalistas, todos los hombres somos básicamente igualmente. Distintos o muy distintos, pero básicamente iguales. Así que, encontrándonos en el momento en que nos encontramos, no puede haber cosa más triste que reclamar el voto de nadie apelando a la vasquidad de los elegibles en lugar de a las ideas que se defienden, como si fuéramos una especie de tribu en peligro de extinción cuya herencia tuviéramos la mesiánica misión de hacer perdurar. Ya en su día, el señor Arzalluz, además de su habitual y muy «intelectual» distinción entre «ellos y nosotros» (esa suerte de eslogan ahistórico de los nacionalismos) bramó aquello de «no nos dejan ser lo que somos»… como si fuera posible ser voluntariamente algo distinto a lo que cada uno es. Es el eterno debate de la identidad.

Lo que importa políticamente es que soy ciudadano de un país llamado España, que es el que tenemos en la actualidad, con cuyos restantes ciudadanos comparto la ciudadanía, ese conjunto de derechos y obligaciones que nos iguala. Lo que nos garantiza que seremos igualmente tratados. Si alguna vez no lo dije, lo escribo ahora: yo no pertenezco a ningún pueblo, ni milenario ni recién constituido, y lo que soy son básicamente mis ideas (y mis actos). Por estas ideas reclamaré el voto. No hay, por tanto, ninguna identidad que nos iguale, ningún mismo rol que compartamos como pueblo, ninguna función a desarrollar obligatoriamente, ninguna tradición que perpetuar necesariamente, ningún idioma que nos haga ser más o menos vascos… ningún grupo étnico, cultural o folclórico que nos diferencie políticamente del resto. Creo que ésta es una de las labores fundamentales de este partido: defender la ciudadanía común frente, no sólo el debate indentitario que nos asola sino también frente a la regionalitis que padece el conjunto del país, las patrias chicas, las tribus, los pueblos milenarios, las baronías territoriales y las identidades. En definitiva, frente a ese deseo irrefrenable de distinguirse voluntaria y artificialmente del resto, al objeto final de conseguir ventajas políticas y privilegios. Frente a los nacionalismos, debemos reclamar: que lo que nos pertenece a todos, podemos gestionarlo y decidirlo entre todos, buscando el bien común y fomentando la solidaridad.

El nacionalismo es una de las tres pestes que el escritor polaco Kapuzinski solía nombrar, junto con el racismo y el fundamentalismo religioso. Se trata de una ideología profundamente reaccionaria, que antopone la patria a los ciudadanos y que divide a las sociedades. Es un movimiento de raíces antidemocráticas y antimodernas que rechaza una de las más grandes conquistas de la libertad, que es la creación del individuo soberano, convirtiendo al individuo en una mera expresión de un colectivo. De esta forma, el nacionalismo convierte la pertenencia a la nación en un valor supremo de la vida política y terminan identificando su particular proyecto con el del conjunto de la nación, y dejan fuera de la comunidad política a quienes no lo comparten: de ahí que las descalificaciones nacionalistas consistan siempre finalmente en el «nosotros frente a ellos», en el de «los de aquí frente a los de fuera» o en «lo vasco» frente a lo que supuestamente es «menos vasco» (o menos alavés).

Nunca he llegado a entender tres cosas relacionadas con este debate: uno, la supuestamente bienintencionada idea de caminar juntos nacionalistas y no nacionalistas, ya que en el momento en que un nacionalista desee caminar (sin que sea una estrategia, sino de manera indefinida) con un no nacionalista, habrá dejado de serlo; dos, ese idea general de que un partido se modera más según se va acercando al ideario y modos nacionalistas; y, tres, que un partido pueda ser considerado progresista cuando defiende los guetos y las patrias chicas, la multiplicación de las fronteras y el artificial fomento de las diferencias.

Así que frente a los acomplejados, los maquillajes electorales, los candidatos tuneados, lo local y regional y provincial, frente a los nacionalistas y los pseudonacionalistas, las identidades, nuestra labor es aquella que todos dejaron de hacer: la de un partido nacional, que defienda lo que nos une y vertebre el Estado, lo que compartimos como ciudadanos, la de un partido progresista que evite debates identitarios y se guíe por ideas. Esto es lo primordial ahora: defender un Estado común e igualitario y unido en su pluralidad. Porque sólo un país unido puede garantizar la igualdad de todos los ciudadanos.