«Los socialistas consecuentemente comprometidos con sus ideas, incluso para asegurar el respeto a la identidad de cada cual, deberían mostrarse dispuestos a combatir políticamente los programas nacionalistas que, desde el arranque, desde su misma denominación, identifican su particular proyecto explícitamente identitario con el del conjunto de la nación o, lo que es lo mismo, dejan a quienes no lo comparten fuera de la comunidad política: de ahí que las descalificaciones nacionalistas consistan en hacer del rival político un extranjero o un invasor, un «sucursalista» o un antivasco, alquien, por tanto, de ciudadanía discutible».

(…)

«La mayor renuncia intelectual de nuestra izquierda ha sido sustituir el lenguaje de los derechos, la justicia y la ciudadanía por la frágil mitología nacionalista de las identidades y los pueblos. Si únicamente se tratara de palabras, poco importaría. Pero hemos aprendido hace ya tiempo que las palabras condicionan las vidas. Por lo general, de mala manera».


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