Podemos afirmar, sin posibilidad de equivocarnos, que la banda ha decidido atacar todo rastro de inteligencia. Allí donde se halla un atisbo de vida independiente o librepensamiento, allí se aloja la amenaza terrorista. Todo cuanto toma autonomía respecto al camino político por el que tratan de llevarnos se convierte en objetivo. Aquello sobre lo que no tienen posibilidad de meter baza, todo lo que tiene vida propia, todo lo que se mantiene impoluto a sus tejemanejes y desvaríos. Y la Universidad, efectivamente, aunque es probable que ya no es lo que era o no llega a ser lo que debería, cumple estos requisitos que le hacen verse atacada.

Pues sí. A día de hoy lo importante es mantenernos vivos. Que ningún profesor, alumno o trabajador de la Universidad atacada haya sido herido o muerto, que así se las gastan. Ahora lo primero es felicitarnos y coger aire, como tantas otras veces en que la tragedia no llegó a producirse por un cúmulo de circunstancias distintas, aunque no compensa tanto sufrimiento acumulado antes, durante demasiados años.

Proponía Miguel de Unamuno, con ese caminar entre dos aguas tan espiritual que le caracterizaba, un sistema para mejorar las cosas: «salir a la calle y clamar a Dios». Y así pensaba él, convencidísimo, que mejorarían muchas cosas. Yo a menudo pienso en esa cita, como en tantas otras suyas que mantengo escritas en un cuaderno viejo. Es posible que sea el camino menos indicado para acabar con la violencia. O quizás no, quién sabe. Se me ocurre pensar dónde nos encontraríamos ahora si hubiéramos salido a la calle hace años a clamar contra tanta injusticia, un día y al otro y al siguiente hasta que se rindieran. No uno de nosotros, sino todos. Pero debe ser Tolstoi otro de los que tenían razón: el no actuar oculta siempre una cobardía del alma.

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