Junto con el laicismo, el universalismo y el igualitarismo, el progresismo es una de las señas de identidad de nuestro partido. Así lo recoge el manifiesto fundacional y así lo han venido repitiendo los responsables de transmitir a la opinión pública qué es aquello que somos. Así pues, parece que estamos mayoritariamente de acuerdo en que somos progresistas. Y digo mayoritariamente porque hay quienes, haciendo una lectura a mi entender equivocada de la transversalidad (otro día hablo de ésta), afirman no serlo en absoluto. No seré yo quien pretenda dejar de ser progresista limitando sus derechos, pero dudo y dudo mucho que quien no se reconoce como progresista pueda sentirse cómodo en este proyecto. Salvo que en el fondo estemos de acuerdo, pero existan disfunciones conceptuales.

Obviamente, una cosa es sentirnos todos progresistas y otra muy distinta que todos entendamos lo mismo cuando reivindicamos en voz alta el progresismo. Me explico: no voy a concluir que sea mi definición la correcta, sino que, sea la que se le dé, sea ésa y no otra la reconocida por todos nosotros. Según el manifiesto fundacional, “ser progresista es luchar contra las tiranías que pisotean la democracia formal, así como contra la miseria y la ignorancia que imposibilitan la democracia material. (…) Ser progresista, además, significa creer que la actividad política puede y debe mejorar las condiciones de vida de nuestra colectividad: a algunos no les interesa la política más que como medio para defenderse del Estado, pero nosotros queremos lograr por medio de la política un Estado que nos defienda mejor a todos”. El coautor de dicho manifiesto (recientemente premiado), en uno de sus últimos divulgativos ensayos, contrapone el ser reaccionario al ser progresista y cita a la Real Academia para delimitarlo: ir hacia delante define al progresismo. E intuyo que no tanto ir hacia delante como expresión ineludible del paso del tiempo, venga lo que venga, sino en el sentido de ir hacia una mejor situación, que en política es aquella que nos permite una mayor libertad y una mayor justicia. Por tanto, y estoy plasmando mis puras abstracciones y lo que yo mismo entiendo por el concepto, no libre de equívocos, se es progresista cuando se aplican políticas tendentes a una mayor justicia y una mayor libertad de una mayoría de ciudadanos que deben ser tratados de manera igual, es decir, cuando se le permite al ser humano tener una mayor autonomía, una mayor conciencia de sí mismo, ser más dueño de su propio destino y hacer efectiva su mayoría de edad, con todas las consecuencias. Ser progresista es, a mi entender, tratar de ensanchar los espacios de libertad, extender derechos políticos. En sentido negativo, y sé que toco hueso, quien se aleja de los fantasmas y del miedo que las diversas iglesias puedan transmitirnos, así como de las tradiciones y de las costumbres acatadas y asumidas sin previa reflexión. Son progresistas, vuelvo al ensayo, quienes luchan contra la miseria y la ignorancia, y reaccionarios quienes las favorecen por cualquier razón. Y progresar, por tanto, puede ser tanto innovar como conservar lo conseguido, siempre que ese logro a conservar nos permita ejercer más plenamente nuestra libertad, aún a riesgo de equivocarnos, cómo no.

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