DIALOGAMOS LUEGO CAMBIAMOS EL MUNDO.

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Aludía Javier Gómez en una de sus primeras entradas de su nuevo blog a una conversación mantenida con su tocayo menor y amigo nuestro y la supuesta incapacidad de la misma para cambiar el mundo: «Nuestra conversación probablemente no cambiará el mundo…»; a lo que yo mismo le contestaba, en tono pretendidamente poético que, de eso nada, que siempre que conversamos cambiamos el mundo. Y no era broma.
Recientemente, la recién premiada con el Príncipe de Asturias Ingrid Betancourt, esa heroína de ficción perteneciente a nuestros tiempos, real como la vida misma aunque parezca surgida de una pesadilla, reivindicaba el diálogo político para acabar con el terrorismo en España. Es evidente que su metedura de pata proviene de su ignorancia acerca de los temas que nos ocupan pero, sin saberlo, estoy seguro que sus declaraciones son básicamente una muestra de apoyo a los que rechazamos la negociación con los terroristas: al fin y al cabo, esta mujer viene defendiendo sus propuestas en sede parlamentaria. Ya años atrás, Gemma Nierga, y tantos otros antes y después, reivindicaba el diálogo directo con los asesinos de Ernest Lluch en la propia manifestación de rechazo, ante los rostros palidecidos del entonces presidente de Gobierno y otros representantes institucionales. Efectivamente, otro error de manual, pues ya sabemos perfectamente bien a estas alturas que la primera de las claves para acabar con ese submundo es repetirles tantas veces como nos amenacen (y nos amenazan a todas horas) que no se negociará nada con quienes, no sólo carecen de representación popular, sino que pretenden acabar con ella.
Cuando digo que incluso quien se equivoca tan flagrantemente nos echa sin quererlo un capote o al menos nos da la razón, lo digo porque no hay posibilidad ni científica ni física de mantener un diálogo resolutivo del tipo que sea con quien trabaja por horas en la cosa terrorista: el diálogo debe ser de igual a igual… y para eso están todos los parlamentos del mundo, cuya antítesis la representan las bandas terroristas que nos asolan. Para dialogar y realizar propuestas existen las diversas asociaciones y los partidos políticos, que deciden conformarse legalmente como tal y orillar toda expresión violenta. Para acabar con la palabra están las bandas terroristas.