Celebradas las elecciones vascas y gallegas, ¿ahora qué?

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En Galicia el PP de Feijóo ha logrado su tercera mayoría absoluta consecutiva y el PSG ha sido superado finalmente por En Marea. En Euskadi, el PNV del “moderado” Urkullu ha logrado unos resultados extraordinarios, tanto por el número de votos (397.664) y escaños (29) como por la aritmética electoral que dibuja la nueva Cámara vasca: el PNV alcanza o supera la mayoría absoluta (38) con cada uno de los otros grupos parlamentarios y la única manera de que pierda una sola votación en el Parlamento Vasco… es que se alíen o unan todos los grupos de la oposición contra el partido nacionalista. Al PNV no sólo no le afecta sino que se aprovecha de la entrada de Podemos y el PP y sobre todo el PSE se hunden hasta los 9 escaños. Los resultados de Podemos (11) son peores de lo esperado y EHB, pese a la presencia de Arnaldo Otegi, mantiene el tipo frente al empuje de Podemos (por cierto, sus 17 diputados son la peor noticia posible para la democracia). 57 de 75 diputados vascos estarán a favor de la falacia del derecho a decidir que defienden los nacionalistas y a casi ninguno de los 18 restantes les veo suficientemente capaces de construir un discurso alternativo y progresista que desarbole con argumentos esa falacia. El PNV tiene la habilidad contrastada de manejar todos los resultados electorales imaginables: en este caso, a pesar de que tiene amplio margen para hacer y deshacer a su antojo, intuyo que pudiera decantarse por un gobierno en coalición con el PSE. Los resultados en el País Vasco se veían venir: observada la campaña electoral vasca, vistos los debates electorales y seguidos de cerca los candidatos a lehendakari del resto de partidos políticos, el Lehendakari Urkullu ha estado bastante por encima de todos sus rivales. No sólo ninguno de sus contrincantes le ha hecho la más mínima sombra sino que algunos de ellos le han puesto la holgada victoria electoral en bandeja. Poco más o menos lo que vino ocurriendo durante la última legislatura, donde UPYD, con un solo diputado, fue la oposición más clara (y muchas veces única) al PNV. Sin duda, había espacio de sobra para una crítica contundente al PNV antes y durante la campaña pero, desgraciadamente, ninguno de los partidos políticos la ha realizado: o bien han sido incapaces de explicar convincentemente su alternativa o bien no tenían ninguna credibilidad para defenderla.

Tanto en Galicia como en el País Vasco se hunde el PSOE; y, en el País Vasco, se hunden hasta los 18 escaños de 75 (9 cada uno) aquellos partidos supuestamente constitucionalistas: además del PSE (que obtuvo 25 escaños en 2009), el PP sigue perdiendo posiciones (obtuvo 19 en 2001). Más allá de cómo estos resultados afecten a los distintos partidos políticos o a la gobernabilidad de España durante las próximas semanas y meses, me atrevo a hacer una reflexión que va mucho más allá de estas cuestiones inmediatas y que deberá resolverse más pronto que tarde: por un lado, en Euskadi hace falta una alternativa progresista y constitucionalista renovada que haga frente al nacionalismo y al populismo y que sea capaz de generar expectativas e ilusión en la sociedad vasca; por otro lado, en España se echa de menos un partido político inequívocamente progresista y nacional, laico, regenerador y reformista, un partido con visión de Estado y dispuesto a hacer frente a los graves problemas que padece hoy día la sociedad española: el desempleo, el empleo precario, la desigualdad social y territorial, la desvertebración del Estado, la corrupción política y el mal funcionamiento de la práctica totalidad de las instituciones, además del sectarismo político y la mentira como habitual forma de hacer política. Un partido político progresista que haga frente a los nacionalistas que quieren romper el Estado (ya está roto en muchas cuestiones esenciales) y a los populistas cuyas mágicas recetas no solucionan nada. Un partido político que sea alternativa razonable y sensata a la derecha de la corrupción y los recortes sociales y a la actual izquierda entregada a las cuestiones identitarias y con un enorme problema de identidad que contraviene y traiciona sus principios originales. Un partido político inequívocamente nacional, laico, progresista, regenerador y reformista que ocupe el espacio que hoy ningún partido político ocupa en el arco parlamentario. Sin complejos ni disimulos.