VIDAS ROTAS (por ETA).

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Para quien fuera entonces demasiado joven, hubiera mirado en el pasado para otro lado o hubiera vivido en el extranjero lejano, tiene ahora la oportunidad (imprescindible) de leer el indispensable Vidas rotas, cómputo pormenorizado y tremebundo de las andanzas existenciales de ETA. Un servidor creía recordar bastante bien, desde finales de los años ochenta (Pacto de Ajuria Enea) y comienzos de los noventa (caída de Bidart), el ambiente de miseria moral colectiva presente en el País Vasco y el goteo incesante de muertos en nuestras calles y plazas. De ahí mi presencia, con mis padres, en las concentraciones de cuatro gatos en la Plaza de Gipuzkoa, ante el desprecio y la indiferencia de una inmensa mayoría encanallada. De ahí mi militancia desde 1994 en “Denon Artean, Paz y Reconciliación”, movimiento ciudadano donostiarra auspiciado y liderado por las hermanas Cuesta, Cristina e Irene. De ahí mi militancia política, mi interés social… y mi asco activo ante tamañas injusticias (“Nos rebelamos ante las injusticias, luego existimos”, escribió Albert Camus).

Ahora repaso repugnado la existencia inquisitorial de ETA, a través de las páginas sobrecogedoras del libro Vidas rotas. Tanto lo que desconocí por edad hasta lo que descubrí en cuanto tuve uso de razón (y mis padres me enseñaron a utilizarla: “todo esto que ocurre es también problema nuestro”). Sinceramente, a pesar de mi temprano despertar social, no recordaba la realidad tan desoladora como la encuentro reflejada ahora: el mal provocado por los etarras ha sido mayor del imaginable. Niños, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, civiles, militares y guardias civiles. Empresarios, profesionales liberales, profesores, catedráticos, jueces, políticos, policías nacionales y ertzainas. Cayeron todos bajo la sinrazón cobarde y cruel de ETA. Taxistas, amas de casa, estudiantes y hasta drogadictos acusados de provocar miseria moral en la juventud vasca. Gente de toda condición abatida gratuitamente por los que durante tantos años tuvieron tantos apoyos, incluso institucionales. Con insultante facilidad, sin respuesta social, con cruel frialdad. Hay casos especialmente repugnantes, aunque todos sean terribles. Hubo quienes fueron asesinados “por error”, según el lenguaje más cruento de los terroristas. Incluso aquellos asesinatos tuvieron la “explicación” conveniente: eran confidentes de la policía, trapichearon con drogas en su juventud, tuvieron amigos guardias civiles o, simplemente, pasaban por allí. Un monumento extraordinario que deberemos leer obligatoriamente todos los ciudadanos. Es seguro que, salvo a los que carezcan físicamente de corazón o estén definitivamente envilecidos, llegará profundamente. Y nos pondrá frente a la repugnancia inmensa que nos siguen produciendo los bárbaros de ETA.

2 Comentarios

  1. Rolan
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    Pues yo la miseria a la que te refieres la sigo viendo continuamente. Desde el pasotismo de los ciudadanos “anónimos” que optan por seguir mirando hacia otro lado, los pocos que se reúnen en las diferentes concentraciones tras un atentado, en los que dicen, y creen, que todo lo que hagamos no valdrá para nada, etc.

    A veces es desmoralizador… aunque en otras ocasiones te da más fuerza para gritar más alto si cabe.

  2. Sake
    | Responder

    Da miedo pensar hasta donde podemos llegar. Por éso tenemos la obligación de vigilarnos no vayamos en un descuido a perder el corazón y convertirnos en causantes del crimen y el profundo dolor. Sí, pensamos que no, pero el criminal existe y si no lo denunciamos y nos callamos seremos víctimas y cómplices del crimen.

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