CHARLA EN VALLADOLID (FOCUS): CIUDADANÍA Y EUROPA.

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Comenzaré diciendo que me sorprende que sea yo mismo quien sea el encargado de clausurar esta jornada que ha tratado, básicamente, de reflexionar sobre ese proyecto entre quimérico y dificultosamente realizable, como es Europa, ese lugar común al que pertenecemos por diferentes vías pero que ninguno terminamos de encajar del todo. Supongo que será el clásico problema que surge cuando se trata de construir un proyecto común entre distintos que, sin embargo, consideran como propio el corolario de ese proyecto común al que aspiramos. Y continuaré diciendo que es un honor para mí tomar parte en esta jornada, junto a personas con una experiencia y unos conocimientos sobre ésta y casi todas las materias que imaginemos mucho más amplias que las mías propias. Así que ya os adelanto que mi objetivo es reflexionar informalmente sobre la materia sobre la que me centraré, que no será otra que la Ciudadanía frente a la Identidad como malversación política y el comunitarismo o el nacionalismo que la hace posible, algo que, por cierto, en el lugar donde habito, es el pan nuestro de cada día.
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He estado observando y reflexionando en los últimos tiempos acerca de un problema que existe en Euskadi desde que tengo memoria: la obsesión enfermiza de sus ciudadanos por ser más vascos que los demás… o al menos tanto como cualquier otro y, sobre todo, no menos que cualquiera. Y no es algo que únicamente les ocurra a los nacionalistas sino que se trata de un virus extendido por el conjunto de la sociedad. Efectivamente, alguno se libra o nos libramos, pero se trata de ya casi una seña de identidad de nuestra sociedad vasca.
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Incluso entre nosotros mismos afiliados, simpatizantes o votantes upeydianos vascos es habitual reclamarnos muy vascos, vascos como el que más o vascos por los cuatro costados, y así han comenzado algunos de los discursos que los candidatos vascos han venido dando durante la pasada campaña electoral. Se trataría posiblemente de un intento de responder a los ataques recibidos por nuestra escasa vasquidad, respondiendo en ese tono entre acomplejado y pelín orgulloso. Como si este hecho fuera ya un bien en sí mismo o como si de este modo pasáramos a formar parte automáticamente de los elegidos o de una casta o tribu o rebaño especial. Y decimos sentirnos orgullosos de ser vascos o españoles, como si fuera un mérito personal logrado tras largas y arduas horas de trabajo, como si fuera un hecho que dependiera de nosotros y no lo que realmente es: un hecho aleatorio, algo producto de la más pura casualidad. Orgullosos debemos sentirnos de nuestros logros personales, nuestra formación académica o nuestro curriculum de vida.

Yo mismo he venido analizando mi vasquidad, a través no sólo del análisis de mis comportamientos para saber si se asemejaban al patrón nacionalista que creíamos o creímos patrón puramente vasco, sino incluso a través de mi nombre y sobre todo mis apellidos, que hablan de una inmediata ascendencia vasco-gallega. Soy Gorka, nombre vasco, MANEIRO-LABAYEN-RODRÍGUEZ-DEL CAMPO-SEGADE-GOÑI-PÉREZ-ARTOLA, apellidos algunos vascos, creo, y otros supuestamente gallegos. Ascendí en mi árbol genealógico hasta donde pude y según ascendía observaba básicamente nada que mereciera la pena. O quizás todo aquello que realmente merece la pena: que tenemos un ascendente común, Luzy, ese australopitecus etíope de apenas 3 millones de años cuyos restos fueron encontrados casualmente el año que nací, 1974. Así que concluí algo que enerva a todos los nacionalistas: todos los seres humanos somos básicamente iguales. Distintos o muy distintos, pero básicamente iguales.
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Es muy triste comprobar en el día a día en Euskadi que el debate suele consistir en responder a la siguiente pregunta: ¿quién representa mejor a lo vasco, es decir, a lo puramente vasco, es decir, a lo nacionalista vasco? En lugar de en responder a esta otra pregunta: ¿quién representa mejor los intereses de los vascos? Y muy triste también reclamar el voto de nadie, como hemos comprobado en la última campaña electoral, apelando a la vasquidad de los elegibles en lugar de a las ideas que se defienden como si fuéramos una especie de tribu en peligro de extinción.
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Yo mismo he sufrido una persecución de este estilo, y a cargo de un partido que os puede sorprender: el cabeza de lista del PP por Álava, Iñaki Oyarzabal, vino asegurando durante toda la campaña que un servidor, donostiarra y cabeza de lista por su misma provincia, no sería capaz de defender ni las instituciones alavesas ni la personalidad particular o identidad alavesa. Este hombre vino a defender que no estoy preparado para defender la identidad alavesa, las instituciones alaveses… porque no soy alavés, de lo que deducimos sus ideas políticas y forma de pensar: por un lado, que los diputados provinciales son elegidos para defender su correspondiente territorio histórico frente o contra los demás territorios históricos vascos, en lo que venía a ser una especie de importación (o adquisición intracomunitaria) del modelo español, donde las diferentes autonomías se pegan con las demás por lograr privilegios y diferenciarse tanto como puedan; y, por otro lado, que el lugar de nacimiento predispone unas determinadas ideas políticas. Es decir, el caballero pensó que un servidor, al ser donostiarra, no sería capaz de defender la identidad alavesa tanto como él, alavés de cuna.
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Y a esto se le respondió:
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– primero, que no era mi intención como candidato de UPyD defender el territorio alavés frente o contra los demás territorios sino defender aquello que pensamos es mejor para el conjunto de los ciudadanos vascos, a quienes los parlamentarios, por cierto, representamos. No tenía intención ninguna ni de defender al territorio alavés contra o frente los demás territorios vascos ni mucho menos la identidad alavesa, la cual por cierto desconozco cuál dice este caballero que es. Desde luego, si la identidad alavesa es el frío que vengo padeciendo en los últimos meses, me posicionaré en contra de defender tamaña identidad.
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– y segundo, que cualquier otro candidato de nuestro partido, por alavés que fuera, defendería lo que yo, esto es, las ideas de este nuestro partido.
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Esta obsesión por situar una identidad pura como centro político se da en todos los lugares donde los nacionalismos nos atosigan: sin ir más lejos, a lo largo de esta semana, ERC de Tarragona ha premiado a nuestra líder Rosa Díez con el premio Guillotina, por distinguirse durante todo este año pasado por tratar de acabar con la “personalidad” catalana. Y nuestro partido, según me dijo Rosa anteayer, ha respondido de la mejor manera posible: se les dijo: “Nosotros somos los jacobinos y nosotros decidimos a quién o quiénes guillotinamos”.
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Ya en su día, el señor Arzalluz, además de su habitual y muy intelectual distinción entre “ellos y nosotros” (ese eslogan ahistórico de los nacionalistas), dijo aquello de “no nos dejan ser lo que somos”, como si fuera posible ser voluntariamente algo distito a lo que cada uno es.
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Nos encontramos, por tanto, ante el eterno debate de la identidad.
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Frente a este debate, frente a esta lucha encarnizada entre ciudadanos que pertenecen a un mismo Estado, lo que debemos decir públicamente es que lo realmente importante es que políticamente soy y somos ciudadanos de un país llamado España, con cuyos restantes ciudadanos comparto la ciudadanía, ese conjunto de derechos y obligaciones que nos hacen iguales. Porque esta ciudadanía es lo que nos garantiza que seremos igualmente tratados.
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Por tanto, y lo dejo claro, yo no pertenezco a ningún pueblo, ni al milenario vasco al que habitualmente se refiere nuestro lehendakari en funciones Juan José Ibarretxe, ni tampoco al español, por mucho que sea nombrado en el primer artículo de la Constitución Española. Por lo tanto, no pertenezco a ningún pueblo, ni milenario ni recién constituido, y lo que soy son básicamente mis ideas y mis obras. Y será por estas ideas por las que reclamaré el voto cada vez que me presente a unas elecciones, nunca apelaré a mi lugar de nacimiento o residencia.
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Según Fernando Savater, la unión de esa comunidad que denominamos (que siniestramente otros denominan) “pueblo” se basa en una esencia o naturaleza; los ciudadanos, en cambio, permanecen unidos – ¿frente al pueblo? – por sus derechos.
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No hay, por tanto, ninguna identidad que nos iguales,
Ningún mismo rol que compartamos como pueblo,
Ninguna función a desarrollar obligatoriamente,
Ninguna tradición que perpetuar necesariamente,
Ningún idioma que nos haga ser más o menos vascos o más o menos españoles… y ningún grupo étnico, cultura o folclórico que nos diferencie políticamente del resto.
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Así que, frente a la naturalidad que subordina al hombre, reivindico la creación consciente y artificial de un entorno para vivir. Frente al empeño de los reaccionarios, a contramano de la historia, de que tengamos una única, inequívoca y constante identidad, reivindico la ciudadanía que propicia la confusión, la impureza y el mestizaje.
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Y de la misma forma que no podemos ser únicamente ciudadanos del mundo, tampoco es pensable “una ciudadanía de aquí” que pueda quedar reducida a los límites de mi tribu, una especie de “ciudadanía de mi barrio”. Cada uno de nosotros somos ya un mosaico de referencias culturales y nuestros intereses se juegan en cualquier parte del mundo. Por tanto, la ciudadanía tiene una virtud universalizante.
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Necesitamos un poder público al servicio de los ciudadanos individualmente considerados y en su condición de tales, y no tanto en función de su identidad nacional, étnica, de clase o religiosa.
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Es el eterno debate de toda política: o la celebración de la comunidad, por el mero hecho de serlo, o proyecto de civilización y exaltación de la ley que nos hace libres e iguales, que nos permite autodeterminarnos individualmente.
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Del mismo modo que el laicismo del siglo XIX promovió la separación de la Iglesia del Estado, sin negar por ello el derecho individual a vivir la propia fe, la libertad personal exige de nuevo separar el poder político de todo casticismo étnico, sin perjuicio de que cada uno pueda vivir su propia pertenencia cultural libremente.
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Entiendo que se trata de ser hombres y mujeres libres en el sentido nietzscheniano del término: el hombre libre es aquel que piensa de otro modo de lo que podría esperarse en razón de su origen, de su medio, de su estado y de su función y de las opiniones reinantes en su tiempo.
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Si la separación del Estado y de las iglesias fue el gran debate del siglo XIX, el siglo XXI nos debe llevar a la separación de los poderes públicos de las identidades absolutas proclives a la exclusión, para que la ciudadanía se convierta en el ámbito natural de la política bajo el pacto de la amistad civil, donde quepan todas las identidades abiertas, relacionales y simbólicas. Es decir, donde quepan todas pero ninguna sea obligatoria. Como el laicismo respecto a las religiones: se trata de permitir que cada cual se acerque a la que considere pero ninguna sea promovida, obligatoria o subvencionada de manera privilegiada por el Estado.
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Se trata de hacernos cada uno de nosotros menos “de los nuestros” para ser cada vez más “nosotros”. Es decir, lo contrario de lo que pretenden todos los nacionalismos.
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El nacionalismo no es sino la versión actual del “No reinaré sobre herejes” de Carlos V, que traducido al día de hoy sería: No compartiré ciudadanía con los que no comportan identidad colectiva conmigo, es decir, con los que no sean étnica, religiosa y culturalmente como yo.
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La laicidad no es tampoco la negación de los derechos de las comunidades étnicas o culturales sino sólo su separación del discurso justificativo del poder político.
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Ese comunalismo neurótico es aplastante para el individuo, para el yo, haciendo desaparecer cualquier originalidad personal, y anulando incluso la idea misma de derechos individuales como hacía, por ejemplo, la propaganda nazi: “Tú no eres nada, Alemania lo es todo”. “Tú no eres nada, Euskal Herría lo es todo”.
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Como Aranzadi, pienso que el subsuelo de todas las idolatrías nacionales es igualmente de barro, todas las identidades nacionales son alucinaciones colectivas, mejor o peor conseguidas, más o menos arraigadas o compartidas, y sólo en esa medida más o menos ilusorias o reales.
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Creo que ésta es una de las principales labores que este partido debe desarrollar: defender la ciudadanía común frente a la regionalitis que padece el conjunto del país, frente a las patrias, las tribus, los pueblos milenarios a perdurar homogéneamente en el tiempo, las identidades puras que los más brutos del lugar defienden como si, además, fuera éste un proyecto progresista. En definitiva, frente a ese deseo irrefrenable de distinguirse voluntaria y artificialmente del resto, al objeto de conseguir ventajas políticas y privilegios.
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Frente a los nacionalismos que padecemos, y los hay de dos tipos, los disgregadores subestatales que pretenden la independencia, y el avasallador que homogénea el Estado y fomenta una supuesta identidad común, invariable, perpétua e indiscutible, nosotros debemos reclamar que lo que nos pertence a todos, podemos gestionarlo y decidirlo perfectamente entre todos, buscando siempre el bien común y fomentando la solidaridad ciudadana.
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El nacionalismo ha recibido diferentes definiciones a lo largo de la historia. Recuerdo la definición de Albert Camus, que dijo querer demasiado a su país como para ser nacionalista, quizás observó que el nacionalismo empobrece cultural y económicamente a los países, y por ello a sus propios ciudadanos, soterrándolos y cerrándolos a las tan necesarias influencias externas. Tenemos la de Fernando Savater, que lo comparó con el peor de los neoliberalismos insolidarios, queriendo destacar seguramente lo poco solidarios que suelen ser los nacionalismos y lo que entiendo puede entenderse como su máxima: “lo mío es mío y lo tuyo es de los dos”. El nacionalismo es una de las tres pestes que el escritor Kapuzinsky solía nombrar, junto con el racismo y el fundamentalismo religioso.
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Se trata, en definitiva, de una ideología profundamente reaccionaria, que antepone la patria a los individuos y que divide a las sociedades. Se trata de un movimiento de profundas raíces antidemocráticas y antimodernas, que rechaza una de las más grandes conquistas de la lilbertad, como es la creación del individuo soberano, convirtiendo al individuo en una mera expresión de un colectivo. De este modo, el nacionalismo convierte la pertenencia a la nación en un valor supremo de la vida política. Como habitualmente suele decir mi amigo Mario, ellos son hombres-nación y nosotros únicamente hombres.
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Así, terminan identificando su particular proyecto con el del conjunto de la nación y dejan fuera de la comunidad política a quienes no lo comparten: de ahí que las descalificaciones nacionalistas consistan siempre en el “nosotros frente a ellos”, en el “los de aquí frente a los de fuera”, en “lo vasco frente a lo que supuestamente es menos vasco, o menos alavés, o menos español”.
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Finalmente, como bien sabemos, terminan definiendo al rival político, es decir, al que piensa de modo distinto o bien no se adapta al patrón identitario, como un sucursalista, un invasor o un extranjero, cuando no en un alienígena enemigo de la galaxia vasca, como recientemente hemos escuchado en la campaña electoral vasca, galaxia vasca de la que ellos son dueños naturales e indiscutibles.
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A diferencia de algunos de nuestros ideólogos, que nos piden dejar de tratar de reconvertir a los nacionalistas, yo sí pretendo (quizás ingenuamente) convencer a mis amigos y no tan amigos defensores de los nacionalismos para que abran la mente y dejen de serlo y así, les sigo argumentando:
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Una vez logrado ese objetivo al que tanto aspiráis y que consiste en lograr la independencia de Euskadi, esto es, la constitución de un estado vasco en Europa, nos encontraríamos ante dos opciones:

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Primera, se iniciaría un proceso inverso al de la independencia alcanzada: es decir, un proceso de apertura, de convergencia con España y con Europa liderado por las mentes más preclaras de esa sociedad, de modo que las fronteras levantadas acabarían derrumbándose. Así, volveríamos a una situación semejante a la actual, con una Euskadi unida al resto de España y al conjunto de Europa, es decir, una situación como la actual de globalización internacional y de dependencias mutuas, de soberanías compartidas, donde pertenecer a una región aislada es sinónimo de retroceso cultura económico. Así que se trataría de desandar el camino andado o, mejor dicho, consistiría en andar el camino desandado. Al final de este proceso cuyo final feliz podríamos vislumbrar, se llegaría tras un conflicto político de consecuencias terribles, con una sociedad posiblemente fracturada y miles de exiliados por el camino.
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La segunda opción es más propia de los nacionalismos más obtusos: se cerrarían las fronteras y se prohibiría todo aquello que pudiera contaminar lo propiamente vasco, o sea, lo propiamente nacionalista vasco, todo aquello, en definitiva, que pudiera desdibujar la correcta identidad pura vasca.
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Para iniciar este proceso soberanista, los partidos abertzales, entre los que incluyo a la rama vasca de Izquierda Unida, esto es, Ezker Batua, reclaman ejercitar el que ellos denominan derecho a la autodeterminación, aunque ya sabemos que no es éste un derecho como tal, salvo para las aplicaciones que en su momento salvaguardaron las Naciones Unidas: básicamente, para llevar adelante el proceso de descolonización iniciado en el siglo XIX.
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Hace tres días mantuve una conversación al respecto con los parlamentarios vascos de estos partidos. Y coincidimos en lo siguiente: Ezker Batua defiende un derecho a la autodeterminación para todas las sociedades o comunidades, independientemente de sus derechos históricos o historia previa. Mientras tanto, el parlamentario de EA y su asesor presente, defendían el derecho a la autodeterminación de los pueblos, es decir, que este partido y los nacionalistas clásicos no permitirían el ejercicio de este derecho a la provincia de Álava, por ejemplo, para independizarse de una Euskadi independiente, por no ser Álava pueblo. Ezker Batua sí permitiría su ejercicio. Yo les rebatí diciendo que no es éste un derecho natural defendido en ninguna parte del mundo, salvo en aquellas constituciones de determinados estados que voluntariamente, porque les conviene, lo recojan. Defender este derecho o reconocerlo por un Estado es tanto como reconocer el derecho a la rebeldía. Lo que no pregunté al parlamentario de EB es si permitirían el ejercicio de este derecho a una serie de ciudadanos libremente puestos de acuerdo, por ejemplo, los más ricos del lugar.
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En definitiva, ¿alguien se cree que viviríamos mejor en una Euskadi cerrada a las influencias externas y encerrada en su propio ombliguismo? ¿Alguien puede creerse que Euskadi saldría, por ejemplo, mejor de la actual crisis si fuera un estado independiente? ¿No es mejor unir que separar? ¿No es mejor derribar fronteras que levantarlas?
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Nosotros preferimos, frente a esta asunción general por parte de la mayoría de los partidos de las ideas nacionalistas, frente a esta obsesión enfermiza por diferenciar cuanto se pueda cada territorio del resto y fomentar las diferencias y los privilegios, frente a la desaparición en España de los partidos progresistas que defiendan un proyecto igualitario y común…
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… nosotros preferimos un estado común e igualitario, unido en su pluralidad y solidario, porque sólo un país unido puede garantizar la igualdad de todos sus ciudadanos.
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Y una Euskadi unida, y formada no por nacionalistas y no nacionalistas que caminen paralelamente, sino por ciudadanos distintos o incluso divergentes, cada cual con su bandera preferida o sin bandera, cada cual con sus creencias religiosas o sin ellas, cada cual utilizando el idioma que prefiera. En definitiva, todos iguales ante las mismas leyes.
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Así que, para terminar, esto lo que propongo que defendamos en este proyecto común que se llama UPyD:
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Frente al nacionalismo que antepone las patrias a los individuos, CIUDADANÍA.
Frente a la TRIBU y a la IDENTIDAD, SOBERANÍA del INDIVIDUO.
Frente al SEPARATISMO, UNIÓN.
Frente a los PRIVILEGIOS, IGUALDAD.
Frente a los DERECHOS HISTÓRICOS, DEMOCRACIA.
Frente a la VIDA CONTEMPLATIVA, ACCIÓN POLÍTICA y COMPROMISO PÚBLICO.

6 Comentarios

  1. Anonymous
    | Responder

    Hola Gorka, senti no haber estado en Valladolid el sabado, pero no se puede estar en todos los sitios.
    Ya me han contado los compañeros de Soria lo bien que fue todo y el nivel de los intervinientes. Tambien les gusto tu conferencia y te agradezco que la hayas colgado en tu blog. Estoy de acuerdo en todo lo que dices, unicamente me gustaria añadir por mi parte que hay en España mucho mas lo que nos une que lo que nos separa y que si hubiese sido porque España es algo mas que una idea y por la constitucion de todos en el PV hubiese habido un autentico exterminio de los no nacionalistas. No se cuando y si es exactamente literal, pero algo asi le he oido decir a Fernando Savater. Y ojale en el futuro esa patria sea Europa aunque desgraciadamente en los ultimos años no van por ahi los tiros sino que todo lo contrario, una pena para los que creemos en Europa desde jovencitos.
    Saludos/jose Maria

  2. Sake
    | Responder

    Estupendo articulo, al que dificilmente se le puede añadir nada nuevo o que falte. Enhorabuena Gorka.

  3. cristina
    | Responder

    Hola Gorka:
    Totalmente de acuerdo con lo que has escrito.
    Como sé que te gustan las frases, te envio una que el filosofo Ortega y Gasset escribió en su libro “La rebelion de las masas”. “Ser de la izquierda, es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”,

    Saludos
    cristina

  4. Anonymous
    | Responder

    Hola Gorka,

    Estoy muy lejos de compartir tus ideas políticas; aun así veo esencial empaparme de vez en cuando de opiniones opuestas y por eso me paso un par de veces al mes a leer distintos blogs de opinión entre los que se encuentra el tuyo; a pesar de que rarísima vez dejo comentarios (en este caso, es la primera).

    Solo quería apuntar en esta ocasión, en referencia a la última parte de este largo post, que algún otro partido a parte de Ezker Batua también respeta la soberanía del pueblo alavés. Concretamente, oí preguntar a un miembro de Aralar sobre esta cuestión, a lo que respondió que no niega ese derecho (aunque no lo defienda). En cualquier caso, creo que cuantitativamente (tomando como termómetro los mejores resultados en la historia de Unidad Alavesa) no es comparable con el deseo de soberanía del País Vasco.

    Los dos compartimos el deseo de derribar fronteras para conseguir una Europa unida. Solamente que yo sueño con un País Vasco que sea un pueblo más de esa Europa; solidario con toda ella y que mantuviese una ejemplar relación con España, por los años de historia que nos han unido y por ser los únicos territorios europeos que compartimos la lengua castellana (y con ello, inevitablemente, un parte de nuestra cultura).

    Lo único que no he acabado de entender y me he quedado con ganas de preguntar sobre ti y vuestro partido es, ¿estáis en contra de las ventajas económicas de las que difruta Euskadi (conciertos, etc)? ¿No creéis que esas ventajas han sido lo que ha permitido a Euskadi desarrollarse y llegar al nivel de bienestar de la que disfruta actualmente (a la cabeza en numerosos aspectos dentro del estado)? Sinceramente me ha chocado la frase “¿Alguien puede creerse que Euskadi saldría, por ejemplo, mejor de la actual crisis si fuera un estado independiente?” de tu texto.

    No me quiero enrollar más (aunque después de este post ya cualquier cosa parece breve 😉 ). Solo me queda desearte mucha suerte en esta legislatura.

    Un saludo de otro donostiarra

  5. Anonymous
    | Responder

    Buenos dias, me figuro que Gorka contestara a este amigo anonimo, aunque por mi parte y como simple “entrador” a veces en este blog, si me gustaria preguntarle que si cree justo que el PV tenga esas ventajas por el cupo en relacion al resto de España. Yo hasta ahora en relacion con la fiscalidad siempre habia pensado que el que mas tiene mas pagaba para que el que menos tiene pueda tener mejor vida y oportunidades (una de las labores primordiales del estado actual en Europa), pero parece ser que no es asi sino que hay que tener ventajas para asi tener mejor bienestar.
    A este paso se va a justificar, que porque no reciben mas, por ejemplo, los que mas pagan en su declaracion de la renta, si aportan mas. Esta es la teoria que ahora triunfa y en muchos casos eso lo promueve un partido que dice ser socialista.
    Cosas veredes.
    Por otra parte y como demostracion de que UPyD dice lo mismo en todos los puntos de España, os pongo el enlace a la pagina de UPyD en Castilla y Leon en relacion con el dia de Villalar y nuestra lucha en contra de que se hagan 17 paisitos en España.
    http://www.upyd.es/web_medida/plantilla_general/secciones/plantilla.jsp?seccion=107&noticia=21093

    Saludos/Jose Maria

  6. gorka maneiro labayen
    | Responder

    Jose María: gracias por tus comentarios. Lástima que no fueras a Valladolid. Estuvo muy bien.

    Sake: gracias.

    Cristina: interesante, gracias.

    Anónimo donostiarra: respeto tus ideas y tu deseo de alcanzar una Euskadi independiente, pero no las comparto en absoluto. Respecto al tema del Cupo, nosotros no somos nacionalistas y proponemos una sociedad sin privilegiados, por lo tanto, es evidente que nos mostramos en contra de los privilegios.

    Un abrazo a todos.

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