VIVIENDA PROTEGIDA.

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Son numerosas las ocasiones en las que paseo por la ciudad. No soy Kant, pero aprovecho los paseos para imaginar cosas insospechadas y censurarme determinadas ideas que pululan por mis neuronas. Como este lugar es reducido, determinados lugares se convierten en familiares y hasta llegamos a poner nombre a los dueños de algunas viviendas que avistamos. En fin, que por estos lares nos conocemos todos.

Ignoro cuál será la política en materia urbanística que defenderemos cuando alcancemos al menos un escaño en el Parlamento Vasco. Desconozco cuál sería nuestra posición si lográramos la cartera que actualmente okupa nuestro querido señor Madrazo, en coalición sublime con nosotros mismos, puestos a soñar ahora que estamos despiertos. Es éste un consejero cuyas habilidades conocemos y cuyo recurso a la demagogia resulta casi sorprendente. Su encarnación de la supuesta vertiente progresista del gobierno nacionalista se lo cree casi todo el mundo, favorecida en parte por su impenitente lucha a favor de las viviendas de protección oficial, bien inobjetable que abraza una mayoría.

Son numerosas las ocasiones en que paseamos por la ciudad. En fin, conocemos perfectamente los tipos de barrio de nuestros amigos, familiares y vecinos. Sabemos quién vive en Benta Berri y quién se adueñó de un piso de protección oficial y quién tuvo que hacer las maletas a la provincia, porque el sueldo es el que es y para alcanzar una vivienda se necesitan dos de los de ahora o … mucha suerte. En cuanto a la vivienda protegida, bastantes veces comentamos el tema con los amigos, a alguno de los cuales alcanzó la suerte, de lo que nos alegramos todos, incluso quienes claman contra la injusticia de la burbuja que ahora se desinfla.

Vamos a ver: no es justo que el piso que disfruta un jefecillo de la mejor empresa guipuzcoana sea de protección oficial, cuyo sueldo dobla el de la media de los mortales y pagamos con los impuestos de una mayoría de ciudadanos con sueldo inferior al beneficiario. Todo es legal, evidentemente, porque los baremos llegan hasta cuantías altísimas difíciles de explicar. No es justo que se confieran pisos de protección oficial sine die, o para cincuenta años o para toda una vida que son tres cuartos de siglo, menos cuando los agraciados son veinteañeros cuya vida laboral se verá modificada en apenas unos meses, pudiendo ver duplicados sus salarios mientras mantienen el piso regalado. No es justo (ni progresita, evidentemente, pero qué más da) que de los garajes de estas viviendas emerjan audis, mercedes y golfs limpios como la patena con sus correspondientes porta-skyes, equipos de sonido de alta gama y gafas Dolce y Gabana. No es justo, evidentemente, que el gobierno que sea cree nuevos ricos a costa de los impuestos de una buena parte de la clase media y trabajadora. Por mucho que haya vendido todo este discurso hasta ahora, no mola, y no es justo, que tamaño insulto a la inteligencia sea recurso diario de los políticos de todas las ideologías (o casi) y fábrica de votos fáciles que pagan la suerte alcanzada. No es justo ni corresponde a una ideología progresista que derechos sociales o ayudas necesarias para los supuestamente más desfavorecidos se repartan a través de una tómbola, ante el estupor de los no agraciados y de quienes no alcanzaron el sorteo por distintas razones. No es justo que además, muchas de estas viviendas se sitúen no precisamente en los márgenes de la ciudad, sino en zonas céntricas y con vistas al río, y dispensen zonas ajardinas, dúplex abuhardillados y bodegas con vino gran reserva, mientras justo enfrente se pagan con sueldos semejantes pisos con precios mareantes.

No me entiendan mal, pero no es justo este sistema. Y es posible otro: vivienda de protección en alquiler, con reparto de puntos según necesidades, revisable y destinado a los realmente necesitados.

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