LA ISLA DE IBARRETXE.

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Continúa nuestro lehendakari por el mismo camino que eligió desde que llegó, allá por 1998, el único capaz de atisbar alguien tan extremista y radical (en el peor sentido del término), tan limitado de entendederas, tan burro. Si nada más caer, recurrió al maléfico Pacto de Lizarra (nunca unos pocos tan iguales hicieron tanto mal a tantos tan diversos), más tarde insistió en su plan de confrontación con el Estado (se divierte así, el irresponsable), azuzado por el frente constitucionalista que felizmente idearon unos políticos hoy desaparecidos y, una vez diluido este frente, continuó a lo suyo, con pose de víctima, poniendo cara de bueno y extremando sus posiciones frente a los supuestos críticos de su propio partido, hoy en desbandada o en la retaguardia, esperando acontecimientos, según cuentan algunos linces. Ahora, las preguntas, para meternos en más problemas y continuar con el eterno cuento nacionalista.

Cuando veo tanto desprecio en sus gestos, suelo preguntarme ciertas cosas. Una vez hayan logrado la independencia de Euskadi, su Arcadia Feliz, una vez alcanzada la meta, logrado el desafío, zafados de los malísimos españoles (el enemigo externo tan necesario para los racistas), separados unos de otros como el agua del aceite, después de tantos muertos y mentiras históricas, me los imagino iniciando el proceso inverso: la convergencia con Europa y la eliminación de las fronteras antes levantadas. O quizás, no. Quizás, como son tan brutos, incidan en su soledad, en su distanciamiento del diferente, en su pureza, en su vasquidad casi perfecta, en su visión limitada e identitaria del mundo. Tal vez derriben las carreteras, eliminen el inglés y el español de las escuelas, prohíban deportes foráneos y tapíen bien altas las fronteras físicas. Una isla. Esto debe ser lo que deben querer: una isla.

Nosotros queremos el universo. Ellos, una isla.

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