PALABRAS DE MARIO (y II)

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Y tuve que dejar de fotocopiar y de leer, porque (estaba absorto en la lectura) llegó la hora de la cita que me había llevado hasta tal municipio. Así que dejé el libro en el anaquel del que lo había extraído y acudí a mi reunión. Aún en el momento de antes de entrar, sopesé medio intrigado el divertido ejercicio del escritor del cuento: “…todos escribimos cuentos, y contamos chistes, pero ninguno hacemos nada…quién será este tío…”, me repetí varias veces, y entré en el despacho en el que estaba citado. Cuando salí, corrí a buscar el libro para acabar de leer el cuento y fijarme en el nombre de su autor, pero ya no estaba en el sitio en el que lo había dejado. Pregunté por él, pero no supieron o pudieron localizármelo, en aquel mostrador tan barnizado. Y, disgustado, me fui de allí.
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A pesar de lo soso que era el comentario sobre las tildes, el hilo del relato me había parecido de lo más audaz, tanto la metáfora de los tres arquetipos que dialogaban, como el huno uso de las reglas del castellano, como el esquema. Es decir, el “xehun y komo” como intento de diferenciarse inventando algo nuevo, el “segun y como” como un injerto cutre de lo primero y lo último, y el “según y cómo” como algo real y no manipulable, y después, los mil y un escritos posteriores hablando de lo mismo y en los mismos términos. No podía dejar de darle vueltas, y mientras me alejaba de aquel edificio institucional me puse a pensar en el ya para mí sin identidad autor de aquel cuento. Yo no habría creído jamás que en aquel 1985 (o antes) hubiera en Euskadi quien elucubrara sobre ciertas cosas. ¿Quién sería el autor, y dónde estaría ahora? Imaginé qué habría sido de su cuerpo y de su mente, veintipocos años después de tal demostración, a mi modo de ver, de capacidad de síntesis y precognición, cuando “sólo había un enemigo”, y, sobre todo, me preguntaba si habría entonces más personas que pensaran como él: cómo les habría ido a éstas en sus casas, en su vida, al autor con el protagonista de su cuento, y a su vez con el curilla, con el cartero, y si habrían devenido algo más que personajes y le habrían exigido ser algo más, como le sucedió a Pirandello. Qué habría sido de sus ideas, si las habría puesto en público, si habría entrado con ellas en un partido (una carta con condiciones previas, evidentemente), o si le habrían echado de él por listo; si habría conseguido que alguien más, en aquellos años, escuchara sus fulgurantes y ácidos augurios. Quizá sólo lo hicieran sus hijos, o quizá ni siquiera éstos, absorbidos por la sombra adolescente de nuestro “konfliktué”, que se habría proyectado sin duda sobre su círculo más cercano de amistades, de parroquia, de estudios. O bien, habría tenido que emigrar junto con esos hijos y su esposa como todos los demás, con los ojos a punto de estallar y el hueco de una bala en el alma, rumbo a un sitio un poco más libre. No sé, tanto el autor del cuento como el escritor que lo protagonizaba se me antojaba que tendrían un futuro diagnóstico médico, como mínimo, de esquizofrenia, si eran capaces de caricaturizar con tanta antelación y humor (esto último discutible) aquello que vendría después: la desescolarización del castellano, la invalidez de la unión de los partidos políticos y su excursión cantimplorera a Úbeda (mientras los muertos caían en las cunetas del monte, excursión de la que ninguno ha vuelto), la unificación de la abertzalía, la manipulación y el desprecio de la reflexión y de la Historia… Quizá el escritor lo tendría más fácil: su vida era eminentemente interior, y en la medida que quisiera ahí tendría siempre al pequeño nacionalista para echarle una mano y guiarle por la senda de la cautela; seguro que podría ver “Vaya semanita” con toda tranquilidad, incluso un posible futuro para el protagonista sería acabar como guionista allí. Pero, ¿y el autor, y los que pensaran como él? ¿Podría tranquilamente el autor seguir partiéndose de risa en una hoja, escribiendo sin tildes, o simplemente distinguiéndolas en un mero diálogo narrativo? ¿Seguiría desahogando su rabia (si había tal) transcribiendo al papel en forma de ironía su personal radiografía? ¿Qué haría el día de los partidos, se quedaría en su casa, o votaría en blanco…o de nuevo concedería la voz de los no nacionalistas a los partidos diezmados por los asesinatos pero impotentes e inoperantes en cuanto a la visión real de lo que pasaba, (y lo que tendría que pasar como él sabía), esa visión siempre en Úbeda cuando no en La Habana o en Luz-Ardiden? Y el pequeño nacionalista, ¿seguiría tan obstinado allá adentro? ¿Se habría unido a los autonomistas que crecieron con el Estatuto y cuya “adhesion”, sin tilde, fue vertebrar algo motorizado por la “Solidaridad” de la Constitución de 1978? ¿Habría muchos o ningún nacionalista cavilando hoy en ello?

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Pensé, finalmente, que quizá el autor no estaría tan solo, y que muchas personas de aquellos años ya intuían lo que llegaría, incluso mucho más con el paso del tiempo…pero dudé. Recordé todas las elecciones de los últimos años, también las que me cogieron estando fuera. Y pensé de nuevo en todos aquellos que en 1985, o antes, o después, sabían lo que vendría, y que quizá, hoy, aquí o lejos, emigrados o resistentes, podrían replantearse el dejar la ironía y el llanto, y volver a votar. Por cierto, un último llamamiento: si el autor del cuento está hoy leyendo esto, por favor que se ponga en contacto con la encargada de esta web. Tenemos muchas cosas que preguntarle.

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Un comentario

  1. Anonymous
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    Gorka, te he enviado un par de mails a tu correo.
    Saludos/Jose Maria

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