SOBRE EL DERECHO A LA AUTODETERMINACIÓN.

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El histórico derecho de autodeterminación defendería lisa y llanamente que los ciudadanos deben elegir su Gobierno de modo que éste repose en su consentimiento; y que, puesto que los hombres son libres y racionales, deben participar en la vida de aquél. Con ayuda del ingenio, la original idea es transmutada en el derecho natural de las naciones a determinar su propia estatalidad y así se explica que, tras la Segunda Guerra Mundial, no sean extrañas las voces que defienden un universal derecho a la secesión como consecuencia de la lógica interna del gobierno democrático.
La afirmación del nacionalismo cultural, que en última instancia da sentido al principio de las nacionalidades – el derecho de toda nación cultural, de toda nacionalidad, a dotarse de una organización política propia – es voluntarista, pero tiene coherencia intelectual: la nación cultural, como grupo social comunitario, debe convertirse en la base de una organización política. Esta idea choca con la autodeterminación externa de hoy, en que la mayoría de los beneficiarios, lejos de ser naciones culturales, son colectividades políticas de mínima tradición histórica y deficiente homogeneidad cultural, pese a que presenten como evidente y natural su pretensión de construir espacios políticos.
El insalvable problema del ejercicio del derecho del que hablamos, es la imposibilidad manifiesta de establecer unos límites razonables a su ejercicio. El principio de las nacionalidades antes someramente definido, con todas sus manifiestas debilidades, suponía al menos un límite práctico: la existencia de unas naciones culturales. El derecho de autodeterminación pretende salvar el componente antidemocrático que amenaza al principio de las nacionalidades – por qué unos sí y otros no -, pero lo hace al precio de asumir un principio que puede conducir al absurdo de levantar una organización estatal allí donde coincida la voluntad o el capricho de un grupo de personas. Seré claro: si el PNV reivindica como democrático que las tres provincias vascas puedan levantar un estado independiente, ¿por qué mi grupo de amigos no? ¿O por qué no mi barrio o mi municipio? (recuerdo por cierto que hace años un amigo votante de IU me respondía: ¿y por qué no si un partido lo defiende y logra suficientes apoyos?)
Siendo serios, la aplicación del principio de autodeterminación externa es incompatible con la vigencia de un orden político del tipo que sea, pues supondría la ilimitada creación de Estados a lo largo y ancho del orbe, algo semejante a lo que pudiera ser el derecho a la revolución en el marco de un Estado, cualquier cosa menos un principio que el hombre de Estado o gobernante de cualquier sistema político establecido pueda incorporar dentro de su sistema como un normalmente operativo y disponible derecho.
Debe decirse, aunque los manipuladores nos sigan gritando al oído, que ha sido éste un instrumento político dispuesto a ser aplicado como castigo a los imperios después de 1918, como forma de restablecer el orden europeo truncado por el nazismo en 1945 o como medio para llevar adelante la descolonización.
Otra lectura del tema es una distorsión de la realidad.

2 Comentarios

  1. Triana
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    Antonio Tovar dijo que le llamaba mucho la atención el fenómeno que se producía en el P.Vasco, porque era muy frecuente que las colonias quisieran independizarse de la metrópoli, pero nunca se había dado el caso contrario una “metrópoli” queriendo independizarse de sus colonias. Reconozco que a mí también me choca mucho, por eso creo que el deseo de independencia de los nacionalistas no es sincero, sólo es una forma de mantener la tensión, pero lo que de verdad quieren es mantener las ventajas de seguir formado parte de España soslayando los inconvenientes y detentando una una cuota de poder como si fueran independientes.

  2. Anonymous
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    Has copiado del libro Teoría del Estado publicado por la UNED, está ed suspendido.

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